La maresía matutina de mi playa de Las Canteras, a causa de las mareas del Pino, intenta despertar mis sentidos adormecidos. Esta reclusión larga y necesaria unida a esta soledad me está pasando factura. Percibo en sueños aquel olor de los membrillos, comprados en el kiosko de la Puntilla, a la orilla de la playa; los gritos de los chiquillos jugando al clavo y a la pelota y hasta sufro aquel desconsuelo cuando viene el guardia a quitarnos los juegos. Nos queda la alegría de tirarnos al mar para sebar las olas como delfines juguetones y libres. La caricia del agua fresca… la arena tibia…el abrazo de los míos.
Noto aquellos aromas lejanos entre estas cuatro paredes y el bucio me regala el sonido del mar que no puedo ver, ni oír, desde aquí.
Suena el dulce sonido de mi móvil: Noche luminosa y clara, tibia y perfumada llena de armonía…
Me despierto.
— Abuelo, hoy por fin, ya puedo ir a verte. ¿Me llevas a la playa?
Foto de Pedro Juan Vera





























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