La tertulia vespertina estaba en su clímax a las siete menos veinte de la tarde.
Las palabras cruzadas, las frases sin terminar y el atropello de la discusión se fundían con la tarde de un abril raro e inseguro. Aún no se habían celebrado las elecciones y cada uno sostenía una posición única y personal. Como debe ser. Y se respetaban. Y se llevaban bien. La sangre nunca llegaba al río aunque la marea estuviese con los nervios de punta. Aquel abril había traído más turistas de los previstos y por eso los tertulianos gozaban del cortado gratis en el bar de enfrente. Gratis para ellos, claro, que sabían las andanzas de Gumersindo: buena persona pero un poco alocado. Cuando caía gratis el cortado significaba que Gumersindo estaba de buen humor y que el polvo de la noche anterior con Maruca la de Chano todavía perduraba en el recuerdo.
---Anoche fue espectacular ---repetía Gumersindo al gabinete de crisis que cada tarde se plantaba frente a su negocio, y a los que respetaba y consideraba. Solo Antoñito el Cojo discrepaba siempre y andaba, bueno, es un decir, malhumorado permanentemente.
Luego del cortado el gabinete se dispersaba por los opuestos senderos: unos, en el Victoria, donde el dominó; otros, en la Asociación, donde las cartas y los más activos a practicar bailes folklóricos en la cercana Isleta para la siguiente romería. Y así cada tarde, aunque no siempre coincidía “el equipo médico habitual”.






























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