Simbiosis
Atraídas por sus vistosos colores y por su aroma embriagador, seducidas por los encantos de la rosa blanca, dos sedientas abejas zumban a su alrededor y se posan luego en la corola de la flor para libar con deleite su néctar.
-¡Qué maravilla! Nunca he sorbido un jugo tan exquisito –imaginé que decía una de las abejas, entre suspiros de placer.
-¡Qué pétalos tan ricos! ¡Qué dulzor! ¡Esto es el paraíso! –me pareció que replicaba la otra, igual de extasiada.
La rosa blanca, embelesada, las está escuchando. Vibran sus estambres y pistilos con las caricias de aquellas susurrantes criaturas que succionan su néctar y que la polinizan.
Se siente hermosa, fértil y atractiva a la par que agradecida a la naturaleza, tan generosa con ella como con los insectos con los que mantiene una íntima relación que les beneficia mutuamente. Una simbiosis perfecta que les facilita la vida.
Otro gallo nos cantaría a los seres humanos si actuáramos como la rosa y las abejas.





























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