Idalia se balancea en la mecedora. Mira los árboles mojados. Luego habla en voz baja mirando sus manos, como si rezara.
«No hay nada más perturbador que tus manos. Yo las contemplaba cuando palpabas mangos verdes y moldeabas vasijas de barro. Calidez dabas a tu pájaro herido y la vela aún no encendida afanosa de unir su fuego con el tuyo.
Tus manos acarician mi carne muerta y siniestra en noches de tormenta. Tus garras en mi rostro ahuyentan mis temblores recónditos que emergen cuando acaricio mi sexo con espuma de canela.
En tus manos y dedos melancólicos me abandono para ser devorada sin piedad por la muerte del placer…».




























Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.27