“Cuando llegamos a la Cumbre, no solo nos dimos cuenta de que la vanidad se había quedado abajo, donde la bruma, sino que, además, el egoísmo tan arraigado en algunos escribidores se había desvanecido entre las montañas azules.
Después de la presentación de su último libro, la vanidad no se había marchado aún. Sin embargo, su poemario era bueno, muy bueno. Pero aguantar la continua perorata de sus hazañas lo convertía en un personaje insufrible. Como llevaba ya algunos títulos publicados, pensaba que de ahí al estrellato y a la venta masiva de sus creaciones era solo un paso. Sin embargo, llegó la crítica, siempre tan crítica, y se desmoronó ligeramente por la incomprensión de lo que él consideraba “novedosa propuesta”. Luego llegó la siguiente y otra más. Las presentaciones de sus obras fueron a menos cuando creía que se encontraba “en la cumbre de toda buena fortuna”. Sin embargo, su vanidad crecía al mismo tiempo que su ego, tan revuelto y tan presuntuoso. Y tan previsible.
Y así seguía: buscando el aplauso recurrente y la admiración desmedida y siempre fiel.”






























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