Hace noventa y un años, en 1929, la extraordinaria solemnidad de la celebración de las Fiestas del Agua marcó un momento culminante de las mismas y significó paradójicamente también el inicio de su declive.
La representación del Rey en las Fiestas del Pino a partir de entonces obligaba a marcar una diferencia con respecto a otras celebraciones relacionadas con Nª Sª del Pino y que pudieran restar brillantez a las del Pino. La República y la Guerra terminaron por dar el puntillazo.
Y sería precisamente una institución surgida a raiz de esta última la que rescataría la Fiesta Votiva por las Aguas a la Virgen del Pino, pero ya con un marcado y premeditado carácter diferenciador: la Hermandad Sindical de Labradores y Ganaderos. Surgidas a partir de 1944, tenían su origen en el desarrollo legislativo del Fuero del Trabajo y eran de obligada sindicación para la gente del campo. Precisamente por su relación con todo el mundo agrario, fueron a partir de esta década las entidades organizadoras de las fiestas en honor a San Isidro en prácticamente todo el territorio español.
En la Villa de Teror se constituyó el 30 de julio de 1944.
En el Casino terorense y presididos por don Cesáreo Bento Díaz, delegado sindical provincial, se reunieron autoridades y pueblo para comenzar la andadura de la Hermandad que -cuestiones políticas aparte- significó en las tres siguientes décadas toda una mejora para los campos de Teror y sus habitantes con una serie de avances que ayudaron a desarrollar la maltrecha economía agraria del pueblo. Su estructura organizativa quedó casi invariable desde aquel año y en los siguientes: el palmarense don Florencio Naranjo Lantigua fue nombrado su Prohombre (término utilizado como reminiscencia de aquellos que en los antiguos gremios eran nombrados sus gobernantes "por su reconocidos probidad y conocimientos"), don Carlos Acosta, como Secretario-Contador; Jefe de la Sección Social, don José Acosta Medina; Jefe de la Sección Asistencial, don Manuel Navarro Quintana; y Jefe del Grupo Económico y Depositario, don Santiago Domínguez Sánchez.
Poco después se instalarían en el edificio que les cobijó durante una década en el Paseo González Díaz, aunque ya desde 1947 comenzaron a moverse para construir una nueva edificación que culminaría unos años más tarde con la construcción que todos hemos conocido en la calle Nueva, por entonces de Calvo Sotelo.
Y comenzaron a encargarse de la organización de las Fiestas del Agua por acuerdo del Ayuntamiento de la Villa, aunque dejando clara su intención: la acción de gracias de los labradores terorenses a su Patrona por la protección otorgada durante el año a sus cultivos, a la que anualmente ofrendaban las primicias de sus tierras que colocaban humildemente en una mesa ubicada para tal fin en el pórtico de la Basílica. Anecdóticamente, el desarrollo del fútbol tanto en la propia Villa como en el barrio del Palmar comenzaron a la par que la Hermandad y los encuentros de estos grupos con los de la capital, fueron los hitos festivos de estas celebraciones durante muchos años.
Pero sería un hecho ajeno totalmente a la Hermandad lo que variaría ya para siempre el sentido tradicional y secular de las Fiestas del Agua: la creación de la Romería del Pino. Quedaron tan impresionados los miembros de la directiva de la Hermandad por la vistosidad de la misma, por su entronque campesino (sobre todo, don Florencio Naranjo) que, aprovechando una visita a la península y a Roma por parte de don Antonio Socorro, su presidente le encargó que trajera una imagen de San Isidro para encabezar a partir de entonces las Fiestas. La imagen fue pagada por don Florencio y bendecida por Monseñor Juan Alonso Vega, delante del edificio hoy ocupado por la ferretería de la familia González, el 26 de julio de 1953. El carpintero don Manuel Henríquez y su eterno ayudante en estos menesteres, don Prudencio Alfonso, prepararon la primera carreta y ahí comenzó el nuevo camino de estas fiestas y su desarraigo con la intención primigenia que las había creado siglo y medio antes.
No fueron fiestas de gran vistosidad, pero sí de masiva participación de los agricultores y ganaderos terorenses que veían en ellas su "momento de gloria". Estuvieron siempre aderezadas con solemnes sermones, encuentros de fútbol, conciertos, voladores, alguna que otra conferencia, la pequeña romería a la que se unía toda la chiquillería del pueblo y algún que otro acto, como el de la inauguración en 1956 de la lápida de mármol que pretendía cambiar el nombre de La Alameda por el de Pío XII (algo que nunca se consiguió totalmente), o el del homenaje al futbolista Luis Molowny celebrado al año siguiente. A todo esto, se unió el pregón (no podía ser menos). El primero, también en 1957, pronunciado por don Manuel Lantigua; seguido del segundo, en 1958, por el abogado don Jaime Quintana Nicolau. Y se acabó.
Aquello ya era demasiado. Carreta, pregones, conciertos, asustaron al ayuntamiento terorense y, sobre todo, a Monseñor Socorro Lantigua, que retiraron el encargo de organizar las Fiestas del Agua a la Hermandad y las unieron a las del Pino, como un acto más, Ello significo su progresivo e inevitable decaimiento a partir de la década de los 60. Don Florencio Naranjo se quejaba de esta intromisión político-religiosa años más tarde y reivindicó hasta su fallecimiento la vuelta a la Hermandad. Algo ya prácticamente imposible ya que las Cámaras de Extensión Agraria fueron asumiendo poco a poco sus funciones hasta dejarlas prácticamente en la nada.
Sería veinte años más tarde, cuando casi honoríficamente, se recuperó la carreta, el acompañamiento de autoridades, y ya en la década de los 90 su recuperación total, transformada -reitero- en algo ya muy diferente a lo que fueron en sus inicios. Cosas del paso de la vida.
Pero quedó San Isidro y toda la magnífica vitalidad de la que gozan estas fiestas en la actualidad.
No obstante, quede en estas líneas mi ruego de no dejar en el olvido el sustento, la raíz, la tradición que fueron el origen de que en la Villa Mariana de Teror, se celebren fiestas en honor al líquido elemento y la razón histórica que las ocasionó.
Porque, tal como afirma tajantemente el refrán “algo tendrá el agua cuando la bendicen” y de eso saben mucho las gentes del campo cuyas vidas dependen de ella, por lo que, desde que las circunstancias lo permitan, volveremos a celebrarlas con igual o mayor solemnidad.
José Luis Yánez Rodríguez es Cronista Oficial de Teror.

































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