En 1904, la Comisión formada en Gran Canaria para conmemorar el cincuentenario de la declaración del Dogma de la Inmaculada Concepción entendió que la mejor manera de hacerlo era solicitar al Papa la Coronación Canónica de la Virgen del Pino, y así lo propusieron al Obispo de Canarias José Cueto que acogió con agrado la propuesta y en mayo de 1904 la elevó al Vaticano. El 24 de julio de aquel año, el Papa Pío X otorgaba a Nuestra Señora del Pino los honores de su Coronación Canónica.
Este rito tenía sus orígenes en el siglo XVII y se utilizaba para las imágenes que eran coronadas en nombre del Cabildo de San Pedro de Roma. Santa María la Mayor de Roma y la Virgen de Oropa, en 1620 fueron las primeras imágenes coronadas canónicamente; pero no fue hasta el siglo XIX cuando la costumbre se extendió como una forma de destacar la especial devoción que los pueblos de la Cristiandad tenían hacia ciertas imágenes de Nuestra Señora.
En España, la primera coronada canónicamente fue la Virgen de Monserrat de Cataluña en 1881 y ocho años más tarde lo fue la por entonces Patrona de Canarias, Nuestra Señora de la Candelaria. Actualmente se rige por el Ritual promulgado por el Vaticano el 25 de marzo de 1981, en el que se extiende el privilegio de la concesión a los obispos diocesanos juntamente con la comunidad local, por lo que las coronaciones pueden ser pontificias (por decisión expresa del Papa o del Capítulo Vaticano) o diocesanas.
Cuando el Cabildo de San Pedro de Roma decretaba la Coronación, comenzó en la isla de Gran Canaria una ilusionada cuenta atrás en lo que iba a ser el primer acto de relevante importancia de los muchos que durante el siglo XX fueron conformando la singular idiosincrasia de la advocación del Pino, su relación con los poderes públicos durante décadas y el auge y configuración de las fiestas que en su honor (y en honor a la simbología de lo canario) fueron acrecentándose y mejorando a lo largo de ese siglo. Teniéndose prevista la celebración del acto para diciembre, ya que se deseaba hacerlo coincidir con la onomástica de la Inmaculada Concepción, los temores a las lluvias, el deslucimiento del evento por la escasez de tiempo y la buena acogida que estaba teniendo, sobre todo entre las mujeres grancanarias, la campaña de recogida de donativos y de joyas con las que realizar las coronas y sus aureolas nimbadas de doce estrellas tal como las describe el Apocalipsis, determinaron el que la Comisión propusiera al obispo el retardar la fecha de la coronación hasta el año siguiente. La propuesta, aceptada por el prelado fue elevada a Roma y con su visto bueno se eligió el mes de septiembre de 1905 para llevar a cabo el acto con todos los honores que el mismo merecía.
Ni la visita del ministro Eduardo Cobian y Roffignac, en mayo de 1905 para preparar la que el monarca Alfonso XIII tenía previsto realizar el siguiente año; ni los distintos actos con que por iniciativa del periodista Mariano de Cavia se celebraba el tercer centenario de la publicación del Quijote lograron menoscabar ni un ápice el entusiasmo que todos pusieron en la Coronación de la Virgen del Pino.
Durante más de un año se estuvieron recogiendo aportaciones para realizar las coronas y cientos de mujeres donaron joyas para que formaran parte de las mismas; un aspecto que daba un valor sentimental añadido a las mismas. El orfebre Casimiro Márquez realizó una filigrana digna del fin a que se destinaba; 800 gramos de oro de 18 quilates, 56 esmeraldas, 34 brillantes, 180 granates y zafiros y 700 perlas ornamentaron una pieza sin igual que fue el resultado del empeño de un pueblo que en su mayoría estaba formado por personas que sufrían la penuria económica de las islas pero a las que no importó desprenderse de las pocas joyas que tenían y poco a poco reunir lo necesario para realizar las Coronas, de las que a fin de cuentas y en justicia todos eran partícipes.
Una semana antes, el Sol sufrió un eclipse total quizás como un preludio de la magnífica y luminosa mañana con que, tal como nos describen las crónicas, la víspera de la Natividad de Nuestra Señora de 1905 anunció a la Gran Canaria que el día tan esperado había llegado. Y al mediodía de aquel 7 de septiembre de 1905, la voz del Obispo don José Cueto y Díez de la Maza revestido de pontifical anunció, después de mostrar las coronas al pueblo, con tono solemne desde la puerta principal del templo de Teror, donde se había ubicado el Trono, a los más de treinta mil canarios que aquel día asistieron a la ceremonia, las palabras establecidas por la fórmula del Ritual, y repetidas según coronaba a al Niño y a la Virgen:
El entusiasmo se desbordó durante todo el resto del día.
En 1955 para celebrar el cincuentenario de este evento, Ignacio Quintana Marrero, un terorense poeta, periodista y primer pregonero de las fiestas en 1948 escribió la letra de un himno a la Virgen, denominado “Popular”, y el director de la Banda del Regimiento Militar de Infantería de Las Palmas don José Moya Guillén puso la música.
Y este bellísimo himno lleva ya medio siglo incorporado a la cultura y la simbología de la Virgen del Pino:
Las imágenes de la Virgen del Pino y el Niño lucieron las Coronas de 1905 durante gran parte del siglo XX y cientos de fotografías y postales perpetuaron aquella maravilla de la orfebrería isleña. Pero cuando este acto de fervor sin igual y de entrega de la diócesis de Canarias a su Patrona iba a cumplir siete décadas, un hecho extraño en estas tierras, un robo sacrílego, vino a modificar la historia del Pino y de la Iglesia en el archipiélago. Las coronas que con tanto amor forjaron las voluntades de nuestros abuelos, desaparecieron hace más de treinta años en el robo perpetrado en el Camarín de la Virgen del Pino la noche del 15 al 16 de enero de 1975; y el valor espiritual y sentimental que representaban por estar realizadas con las joyas donadas por las mujeres canarias de sus propios ajuares quedó entonces remarcado y significado muy por encima de su valor material, ya de por sí bastante alto.
El asombro dejó paso a la desolación y a la incredulidad; multitud de hipótesis se barajaron y llegó a atisbarse algún intento de rebelión contra los que se suponían inductores de la profanación. Pero, por encima de todas estas circunstancias, y tal como lo describiera el cronista Néstor Álamo, al pueblo de Canarias “se le cayó el alma a los pies” mientras sobre Teror se esparcía “una tristeza densa, espesa, desganada…”.
Pero como “de flaquezas, nacen fuerzas”, no había pasado un mes cuando en la Villa, y bajo la presidencia del ex alcalde don José Hernández Jiménez, se constituyó una comisión denominada de “Desagravio a la Virgen del Pino” encargada de recaudar los fondos necesarios para realizar unas nuevas coronas que sustituyeran las sustraídas. Aunque el entusiasmo fue mucho, los donativos no lo fueron tanto, y estas coronas fueron realizadas no ya en oro sino en plata de ley y piedras semipreciosas por la Fábrica de Artículos Religiosos Roses de Castellón, siendo su costo cercano al cuarto de millón de pesetas. La intención de los integrantes de la Comisión de sustituirlas en un plazo de tiempo por otras de mayor mérito y valor ahí quedó, ya que los vientos empujaban hacia otros derroteros hasta dentro de la misma Iglesia.
La ceremonia, no obstante, fue si no tan brillante como la primera sí de un alto valor sentimental ya que la sensación generalizada era la de devolver a la Imagen una pequeña parte de lo que donado por generaciones de gentes de nuestra tierra se le había sustraído.
Desde la Casa de los Patronos partieron el día 6 de septiembre de 1975 (casi justamente setenta años después de aquélla otra primera ocasión), Teresita Arencibia, Luisa Dalmau, el alcalde Antonio Peña y Manuel Caballero Herrera como integrantes de la Comisión portando las Coronas y ese mismo día, después de realizar la Bajada de la Imagen para las fiestas de aquel año, fueron nuevamente y por segunda vez coronados Nuestra Señora del Pino y el Niño en la Basílica de Teror.
José Luis Yánez Rodríguez es Cronista oficial de Teror






























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