“Y las sombras me protegieron en las primeras horas del día; luego fueron a descansar. Yo seguí mis pasos y ni siquiera me percaté de la fachada blanca, que caminaba junto al sol mañanero, ni del parque de la infancia, que esperaba y deseaba la algarabía infantil. Estaba dispuesto a suicidarme y nadie ni nada me desviaría de mi camino, aunque estuviera torcido. No pude superar ninguna de las pruebas que la vida me había puesto delante de mis cortas narices. Solo acumulaba derrotas, una detrás de otra. Y así llevaba ya demasiado tiempo. No solo acabé con el gato que me acompañaba en mis solitarias noches, sino que, además, seguía escuchando sus maullidos nocturnos a las doce en punto, cuando solía regresar de su ajetreada y extraña existencia. Sí, todos tenían una vida plena y yo, una desgracia. A los amigos de la infancia los aparté de mi lado y, cuando perdí el trabajo, se acabaron los cortados a media mañana.
Y así voy por la vida: convertido en una sombra de mí mismo. Nunca llegué a pensar que llegaría a esta situación. Y aquí estoy. Bueno, mejor, aquí estuve. Hoy solo soy una sombra y nadie me recuerda. Ni siquiera el gato de la noche”.






























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