La magia de Guguy
Es sin duda un enclave mágico el barranco de Guguy.
Lo decimos todos los que conocemos ese paraje tan encantador, los que somos amantes de caminar y perdernos por insólitos paisajes a los que no llega el mundanal ruido ni hay luces en la noche, sólo estrellas, y donde nos sentimos cautivados por las montañas, los riscos y las laderas, por el canto de las aves que sobrevuelan los valles o el revoloteo de las palmeras cuando sopla el viento.
Al barranco de Guguy Chico, donde viven mi amiga Gabriella, a la que vemos tan jovial en la foto que encabeza el texto, y mi amigo Kiko, querido tocayo, cuya sombra aparece al pie de esta idílica imagen, solíamos ir algunos de mis amigos y yo casi todos los fines de semana durante años.
Se había convertido en un ritual. Cargando cada uno su mochila, a veces éramos un rancho, subíamos desde La Aldea al Peñón Bermejo y descansábamos un rato en la cueva de La Degollada; luego, rapiditos, bajábamos el barranco y la Cuesta de las Vacas y en menos de tres horas estábamos allí.
Kiko y Gabriella, acompañados de sus hijos, salían a recibirnos. ¡Qué personajes!
La pareja, ella italiana, canario él, se instaló en el barranco cuando ambos eran jóvenes; sus retoños nacieron, se criaron y fueron educados en aquel apacible entorno.
Todo son montañas, cañones y valles. Para ver el mar y la gran cuenca del barranco de Guguy Grande hay que acercarse a la Degollada del Palo. A la playa se llega bajando por la Cañada del Becerro.
La única hija del matrimonio, Ainhoa, ha escrito un libro titulado “Nuestra vida en la naturaleza”, que nos sumerge en una historia apasionante en la que, por encima de todo, reina la calma que el paisaje confirió a sus miradas. Una sensación entre plácida y cordial que ellos nos transmitían cada vez que nos veíamos.
Fueron unos encuentros extraordinarios. Nos llevábamos todos tan bien que parecíamos una gran tribu los ratos que pasábamos juntos entre comilonas y conversadas, oyendo música, cantando o de paseo por distintos parajes, como la Cueva del Canario, donde nos imaginábamos la vida de los antiguos habitantes del lugar, o por la Montaña del Cedro, que, ennegrecida por la obsidiana, reina sobre el barranco.
Recuerdo que una vez, que me quedé allí casi una semana, subí con mi tocayo a La Aldea a comprar provisiones, acompañados por un burro que se llamaba Canelo.
Últimamente les acompaña también un caballo de crines rojizas que se llama Tango.
La magia de Guguy nos ha hechizado a todos los que hemos disfrutado de sus barrancos fascinantes y de su maravillosa playa.
Gabriella y Kiko, enlazados con la naturaleza, continúan viviendo allí. Y como quieren seguir teniendo visitas, disponen de una habitación de invitados: La casita de las mil estrellas, en cuya puerta se reflejan la montaña, el mar y el cielo.
VÍDEO: "Nuestra vida en Guguy"
Fotos: Gabriella Rossi y Kiko Urdiales.




































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