Lloraba sin consuelo, y el tipo que irrumpió en mi vida me susurraba. La primera vez me sentí sucio y ridícula; la segunda, algo mejor; la tercera, insuperable. Tragué el pincho de tortilla antes de que se empapara con mis lágrimas. La fiambrera, ya vacía, acariciaba mis oídos con los distintos tintineos de las monedas.
Esclavo de mi pasado y con cierta excitación temerosa, sentía un cosquilleo presintiendo el eclipse de mi nuez adanesca. ¡Al fin me llamarán por mi nombre!
Palpo mi rostro húmedo. Bajo mis huesos un neumático desgastado. Ha sido un buen día.



























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