─ ¿Es verdad que tu abuelo te compra un mango con sal cuando te va a buscar al colegio y luego te lleva al parque a columpiarte en los chinchorros?
─Es verdad. Lo habrás visto, a mi abuelo, el que lleva un bastón marrón. Él está toda la mañana arreglando máquinas de escribir, esas que usan las secretarias y los notarios. Cuando escucha la campana del colegio, suelta la brocha o lo que tenga en la mano, coge su palo y enseguida me va a buscar.
─ ¡Qué suerte tienes!
─ ¿Por qué? ¿Acaso tu abuelo no te compra dulces o te lleva al arroyo?
─No.
─ ¡Qué malo es tu abuelo! El mío sí que me lleva a pescar y me sube en sus hombros para que vea desde lo alto a los pájaros.
El muchacho se llevó las manos a la cara y reventó en llanto.
─ ¿Por qué lloras?
El muchacho no paraba de llorar y de tirar piedras a una pared.
─Es que… no tengo abuelo. Se murió antes de que yo naciera, mi mamá dice que se cayó de una escalera, poniendo un bombillo.
─Perdóname, Carlitos. No lo sabía.
─ ¿Alguna tarde a la salida del colegio, me puedes prestar a tu abuelo?



























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