Maspalomas y el siglo XX

Opinion

juanferreragil2020Cuando los periódicos nos contaban las noticias, “internet” ni siquiera era una palabra.

Los medios de comunicación de masas, como decíamos entonces, tan distintos a los de ahora, desarrollaban una actividad frenética, sabedores de su poder ante la opinión pública. Todo tenía otro ritmo, que también interpretábamos como vertiginoso, y tengo para mí que había un tiempo para asimilar y asumir la avalancha de información que nos presentaban. Los teléfonos eran fijos, de los que ya poco quedan, y las cabinas telefónicas fueron cambiando al tiempo que la modernidad urbana adquiría una nueva interpretación. La lentitud de aquel tiempo, que ni siquiera apreciábamos, se mezclaba con la intimidad de las conversaciones telefónicas. Ahora se habla más y más alto y da igual que nos enteremos de la conversación del otro, normalmente representada por un tipo de persona que alardea ante su improvisado público, en la guagua o en el metro o en el paseo, donde desea dejar bien claro su postura. Antes era todo más discreto. O lo parecía. Los encuentros con los amigos tenían lugar en la Plaza, convertida en el centro de las iniciativas sociales y culturales que empeñados estábamos en realizar. Claro que salíamos a una hora más prudencial que la de estos tiempos, a la que considerábamos también intempestiva.

Otrosí, las palabras y sus distintos significados se acomodan en cada momento, circunstancia y situación. Lo que viene a demostrar la riqueza del lenguaje, renovado continuamente. Y en esa velocidad de crucero, las olvidadas cartas, hoy tan desaparecidas. Las cartas, diálogos en la distancia, tenían su valor y su ceremonia: elegir el momento, sentarse a escribir: pensar, seleccionar y decir sin confundir. Y pegarle, en la parte superior derecha del sobre, el sello y al buzón. Luego, como mínimo, había que esperar una semana, con suerte, para encontrarnos con la respuesta, donde lo que habíamos escrito siete o diez días antes ya había sido superado, si no en su totalidad, sí en parte, por el paso del tiempo. Sin embargo, ese diálogo sin contexto era tan personal y privado que los creadores, y muchos usuarios, de “las redes sociales” ni siquiera logran percibir. Ni imaginar, claro. Lo dijo el otro día el último Premio Cervantes, el poeta Joan Margarit: “lo que hemos perdido con las cartas es el tiempo entre una carta y otra” (EL PAÍS, 18 de enero de 2020).

El siglo XX: convulso, raro y extraño, dos guerras mundiales devastadoras, unas cuantas regionales, y un sinfín de problemas que nunca llegaron a buen puerto. A pesar de todo, ese es nuestro siglo. Y lo tenemos tan presente porque antes de que llegara esta pandemia de hiperconectividad excesiva, les auguro que la próxima sacudida vendrá por la caída mundial de internet y sus secretos códigos y algoritmos, vivíamos de otra forma. No sé cómo será esa futura debacle, pero seguro que servirá para que los pies sigan en el suelo y la estulticia de algunos dirigentes desaparezca definitivamente: no hay cosa peor que las mentes estrechas y las propuestas sesgadas por intereses electoralistas. Que las Dunas de Maspalomas hayan recuperado la fisonomía que lucían hace cincuenta años es una novedad que tenemos que descubrir los que no vivimos aquellos momentos. Sí, el pasado regresa, pero ello no significa ni nostalgia ni tiempo ido ni recuerdo vano. Viene a resultar que Maspalomas, en el silencio en el que vive ahora, después de que sus montañas y terrenos hayan desaparecido en un mar de bloques, es el ejemplo claro de sostenibilidad ecológica.

Está claro que el mundo gira. Solo nos falta saber dónde parar para vivir mejor. Por ejemplo, en estos días de desconfinamiento, con el horario impuesto, hemos vuelto a descubrir los lugares de siempre al paso lento del renovado paseo. Los caminos, las sendas y las veredas se han vuelto a poblar de caminantes y deportistas. Incluso las calles están notando que su sonido ha cambiado y ha vuelto a ser casi el de antes: el de la pisada firme y la voz que saluda y escucha. Hasta hace bien poco, la soledad de algunas calles casi han vuelto a recuperar un suave y alegre bullicio. Es verdad que, de momento, se produce en horarios sanitarios. Aunque no debemos lanzar aún las campanas al vuelo: cuando salgamos de esta pandemia, y tal vez con el deseo natural y humano de superar y olvidar los encierros sufridos, volveremos a ser los de siempre. Porque a nosotros, la verdad, el mundo que echamos de menos es el del anterior a internet. Y no es nostalgia; bueno, y si lo es nos da igual. Cada uno es de su tiempo. Y no crean que somos unos trasnochados tecnófobos, ¡para nada! Solo que un poco de lentitud, de tiempo para pensar y discurrir, incluso poder sentir el aburrimiento, no estaría nada mal.

El tiempo libre nos ha sido arrebatado por las grandes empresas mundiales de la conectividad desmedida y avasalladora. Por eso quisiéramos hacerles notar, inteligentes lectores, que si han llegado hasta esta línea del artículo es porque ustedes también valoran su tiempo. Y el hecho de que nos hayan regalado el suyo es para nosotros una suerte con la que nunca pensábamos contar. Porque de eso se trata: de contar y pararnos a ver lo que realmente sucede a nuestro alrededor. Y para ello la lectura ha de recuperar su momento. Queremos pensar que en este encierro, al menos, unas cuantas personas habrán podido recuperar antiguas mañas como leer despacio y controlar el tiempo. Cuando esto acabe, ojalá volvamos a las librerías; siempre tan necesarias. Si las librerías se esfumaran con el virus dichoso, vendrían los predicadores a interpretarnos la realidad. Y eso no puede ser: necesitamos escuchar todas las voces, todas las interpretaciones, todos los pensamientos para que la libertad no se pierda por el sumidero de la pandemia.

Ya solo falta que los investigadores y científicos dispongan de medios y recursos permanentemente, que la sanidad pública adquiera el desarrollo adecuado a los nuevos tiempos y que la educación vuelva a estar en su sitio y, puestos a pedir, que la autenticidad, la prudencia y la eficacia en solucionar los problemas generados se resuelvan por el camino del diálogo: cuatro ojos ven más que dos.

Por eso, aquel día, al caminar por la montaña de enfrente, Riquiánez, a la que siempre vislumbramos de lejos, nos hemos tropezado con una Luna Grande a las nueve de la mañana que resistía a desaparecer en su sueño diurno.

Esa Luna es la de siempre. Pero lo habíamos olvidado.


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