Ponga una Ana en su vida

Opinion

carmenferreragil202001Su inteligencia y elegancia natural siempre me cautivaron, y me encantaba escucharla cuando en las tardes de invierno acudía a mi casa y alargaba su estancia en

ella hasta la hora de la cena. Me quedaba embobada oyéndole contar aquellas historias que más tarde comprendí, eran retazos de su vida. Le tocó vivir un tiempo complicado y de muchas penurias, pero ella nunca perdió la ilusión por las pequeñas cosas de la vida.

Algunos domingos me llevaba al cine y entonces me permitía ponerme su colonia Joya que tanto me gustaba por su olor dulzón y fresco, y que en aquel tiempo era un pequeño lujo, al menos en nuestro entorno, donde casi todo el mundo compraba la colonia a granel: César Imperator, Lavanda, Heno de Pravia, Embrujo de Sevilla.

Yo me sentía muy orgullosa cuando paseaba de su mano por el parque, y veía como la miraban mientras lucía su abrigo morado y su collar de falsas perlas, que en ella parecían auténticas. Recuerdo que en el día de Reyes siempre me regalaba una muñeca con primorosos vestiditos confeccionados por ella: uno para cada día de la semana.

Mi tía Ana forma parte ya de mis muchas pérdidas, pero no he olvidado su ilusión por la vida que conservó hasta el final, y que yo, de alguna manera, trato de tener presente para seguir adelante.

Con el paso de los años otra Ana salió a mi encuentro. Es la amiga incondicional, la que siempre está ahí, la que conoce mis alegrías, mis penas, mis amores, mis desamores; la que me acepta tal como soy; la que me respeta y quiere con mi lado luminoso y con mi lado oscuro. Es Ana la amiga a la que respeto y quiero. Puedo contar con ella siempre y ella conmigo. Podemos estar mucho tiempo sin vernos, pero cuando de nuevo nos encontramos reanudamos nuestras charlas como si las hubiéramos interrumpido el día anterior. Nuestra amistad está más allá del tiempo y de la distancia.

La última Ana es la niña a la que vi nacer y crecer hasta convertirse en la mujer que es hoy. La que me hizo reír con sus travesuras y su vivacidad; la que hacía que me inventara los cuentos; la que ayudé a realizar sus deberes; la que me hizo cómplice de sus primeros amores y desengaños; la que me permite algunos consejos; la que me escucha y a la que veo cómo cada día da un paso más hacia su madurez y autonomía; la que me quiere y a la que quiero trascendiendo el tiempo.

Me siento muy afortunada y feliz con las tres: Mi tía Ana; mi amiga Ana y mi sobrina Ana. Y si usted, amable y estimado lector me lo permite, le aconsejo que ponga una Ana en su vida, o dos, o tres.


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