Mar y medianías
Yo soy de costa, de mar, le oí decir muchas veces a mi padre. Y me lo repitió anoche, en sueños. A continuación me dijo la frase habitual de los domingos de verano, cuando nos quedábamos en la playa de Agua dulce:
-Venga, meleguín, despierta, que ya tienes el mechón preparado. Tómate este vaso de leche que te he traído y vístete, que no nos coja el sol.
El mechón es una escoba rociada con petróleo, una antorcha en la oscuridad, cuya luz atonta a los cangrejos y a las potas, a los que mi padre trinca fácilmente con la fija y los mete en el balde que yo llevo. Son un manjar los cangrejos al mediodía, sancochados, y por la noche, adobadas con mojo verde, las potas asadas a la brasa de una hoguera, en la arena, junto al rumor de las olas, de las voces cantando boleros, coplas, tangos… y del rasgueo de una guitarra. Mi padre me acaricia la cabeza cuando me quedo dormido en el regazo de mi madre.
De inmediato, en mi sueño, dejo de ser un niño, y me veo, entrado en años, paseando por las medianías de Gáldar, en un atardecer de primavera en el que una ligera brisa mueve la hierba; un rumor suena en el aire, se oye una esquirla, el ladrido de un perro en lontananza, un cencerro distante, un balido que despide la tarde amorosa, dulce, serena. Los pájaros se están yendo a dormir. Me besan y abrazan todas las personas que encuentro a mi paso.
Se recrea mi mirada con el encanto de Hoya de Pineda, Saucillo, Caideros, Fagagesto y Juncalillo así como de otros lugares más recónditos, pero no menos bucólicos, como Cueva Sosa, cuya imagen se me queda grabada en el sentido al despertar.
Abro los ojos; compruebo que el sol aún no ha salido y pienso con agrado en el sueño tan bonito que he tenido, hasta que me acuerdo del covid 19, esa sabandija maligna que nos tiene a todos en jaque, cuya figura creo ver en la oscuridad, y cierro los ojos de nuevo, deseando volver a dormirme. Por suerte lo consigo y, de inmediato, me encuentro de caminata con mis amigos, todos adolescentes, por los altos de Ingenio, llegando muchas veces hasta las lindes con la cumbre, La Caldera de los Marteles, o El Pico Mojón, que parece un vigilante contemplando tanto las verdes y pastoriles llanuras de las medianías como los abruptos paisajes de las cumbres.
La Pasadilla, Montaña de las Tierras, El Vijete, Avejerilla y Lomo Caballo, aparecen ante mí con sus caras radiantes. Y Guayadeque, donde vamos a celebrar los finados y nos bañamos en sus charcos y cascadas. Desde lo alto de sus desfiladeros, en la lejanía, se vislumbra el horizonte.
Bucólicos parajes, lugares donde alma y calma están en sintonía. También se relaja el alma con las olas del mar.
Ahora, tras cinco semanas de cuarentena, muy a menudo, en sueños, me veo bañándome en la playa, de paseo por las medianías o, sobre todo, abrazando y besando a mis seres queridos y a todo el mundo.
Fotos Ignacio A. Roque Lugo


































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