“La calima llegó aquel invierno, en su visita anual, como siempre: sigilosa, con calor y, sobre todo, con esa pasión que tiene para distorsionar la realidad más cercana.
La capital, tendida al lado del mar, parecía querer despertarse de un sueño de cien años, como el de los cuentos. Aquella luz, tan alejada de su estado original, consiguió que los carnavales fueran diferentes, a pesar de los multicolores disfraces. La visión fantasmal que se divisa desde la Montaña de Arucas habla del misterio de San Borondón, acaso el penúltimo mito que resiste el embate de la modernidad. El mar polvoriento, del mismo color terroso que el cielo, no dibuja ni siquiera los contornos.
Sin embargo, la ciudad sigue ahí. Y toda su gente.”






























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