Quien canta sus males espanta
¡Qué gente más parrandera!, está pensando, tal vez, este chiquillo de brazos cruzados que se plantó ante la cámara como un pasmarote. No iba muy desencaminado, si era eso lo que rumiaba, porque la verdad es que a quienes componíamos la pandilla de la que yo era parte integrante nos gustaba más una parranda que comer.
Empezaba a correr la década de los setenta del siglo pasado. La mayoría nos conocíamos desde la escuela (los niños en una clase y las niñas en otra, porque según rezaba el dicho “los niños con las niñas huelen a mierda de gallina”, que no sé a cuento de qué se decía tamaño despropósito) y desde hacía unos cuantos años formábamos un conjunto musical llamado Témpano. Le pusimos ese nombre porque ensayábamos en un local donde hacía un pelete terrible y alguien del grupo dijo un día: “¡Ños! Esto está más frío que un tempano”.
Teníamos los ensayos durante el curso y en verano actuábamos tanto en Ingenio como en Telde y otros pueblos vecinos. No cobrábamos ni una perra pero nos pagaban el transporte y siempre nos invitaban a un buen refrigerio. Y disfrutábamos de lo lindo. Cantamos a Lorca, a Machado y a un buen puñado de autores sudamericanos, entre ellos José Larralde, Horacio Guaraní y Facundo Cabral.
Pero cuando mejor nos lo pasábamos era en los asaderos en la playa. ¡Ohhh! ¡Qué noches aquellas a la orilla del mar cuando la marea estaba vacía! Hacíamos unas hogueras monumentales, comíamos como cochinos (en Ingenio, como éramos cochineros, muchos símiles tenían que ver con tales animales domésticos: “¡qué bruta!; te portaste como una cochina”; “parecías un cochino berreando, con esos gritos”…), bebíamos refrescos y alguna que otra cerveza y cantábamos desgañitados hasta las tantas. Nos echaba la marea cuando subía.
La verdad es que, a pesar de que aún vivíamos bajo los yugos franquistas y eclesiásticos, nos gozamos una juventud preciosa gracias a la música, que fue, creo yo, la que consolidó la amistad que nos unía.
Que la música amansa a las fieras es una expresión popular como también lo es que quien canta sus males espanta. Ojalá que cantando pudiéramos espantar a este monstruo invisible que está haciendo estragos entre la población y nos ha confinado en nuestras casas. Una vez erradicado, cantaremos a la vida con alegría y nos abrazaremos y besaremos otra vez.
Y a la Tierra, nuestra madre primigenia, le dedicaremos una canción de agradecimiento en la que, de paso, le prometeremos que vamos a respetarla y a cuidarla. Se lo merece, ya que ella siempre se ha desvelado por nosotros y nos ha dado cobijo y alimento para poder subsistir.































Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.182