Y fueron la mar de felices y comieron perdices.
Como si la Tierra por fin hubiese cedido a concederles la amnistía eterna.
Como si los actos no precedieran a las consecuencias.
Como si existiera el hoy y la gente no anduviera saltando del ayer al mañana.
Como si no importara que los banqueros les saquearan los años de trabajo y que el petróleo bañara sus costas.
Continuaron descontando días, como si nunca hubiesen conocido nada mejor, como quien teme aún más la calma que la tormenta. Adormilados en las esquinas y en las sombras, los humanos parecían haber olvidado ya el érase una vez de aquel efímero cuento.



























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