En invierno, en Gran Canaria, la luz hay que buscarla en el sur.
En el norte, en cambio, domina el gris y el frío y las nubes permanentes. En apenas unos cuantos kilómetros, el día cambia por completo. El cálido sol invernal del sur es una caricia para el cuerpo. Y para el alma también. Al llegar, por ejemplo, a Arguineguín, tienes que despojarte de los abrigos pues el paseo por la avenida exige la manga corta en un día lleno de arena cálida y azul mojado. Por eso la luz se encuentra en el sur. El regalo único de la luminosidad isleña resulta imprescindible, por ejemplo, para los visitantes del norte europeo, donde sus países se encuentran apagados y la oscuridad nace a tempranas horas.
Y aquí, en esta pequeña isla, ocurre casi lo mismo. Casi, porque no es comparable.
En fin, que Luz y Sur devienen en sinónimas.






























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