Tomamos la vía hacia el sur, y vimos un camión cargado de pequeñas jaulas donde llevaban pollos. Los enjaulados se tragaban el humo de los vehículos que querían llegar a su destino; pero ellos no, no querían, ni deseaban llegar al destino asignado. Recuerdo sus miradas; con ganas de vivir.
Pasamos por una venta de comidas, había un aroma tan delicioso que la baba nos goteaba sin vergüenza. Una humana nos miró a los ojos, nos sonrió, pasó su mano suave por mi cabeza y se fue. Entonces desesperados por el hambre levanté mi voz para ser escuchados, pero el dueño de aquel lugar nos arrojó agua fría; no podía ser; mojados, en una ciudad tan fría.
Temblando y con hambre seguimos nuestro camino; nos detuvimos a la orilla de una calle, esperamos mientras la luz cambiaba de color; la gente cruzaba desesperada evadiendo los vehículos. Mi pequeño no entendía el por qué. “¿Por qué se cruzan?” “¿También tienen frio y hambre?” “¿Por qué no nos ven?” preguntó; “no lo sé; debe ser porque son humanos” respondí mientras pasábamos la calle tranquilamente, y los carros quietos viendo a dos perros sonreír.



























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