Historias secretas

Opinion

carmen ferreragilOlvidado en un cajón del desvencijado armario de caoba, parecía aguardarme pacientemente, como si supiera que tarde o temprano lo encontraría. Ya no es el hermoso libro de tapas rojas y relucientes que en un lejano domingo de la niñez casi leí entero. Historias Secretas de la Última Guerra, título en letras negras ya desvaídas por el paso del tiempo. Lo miro con sorpresa preguntándome cómo ha ido a parar ahí, y lo abro con emoción contenida por todo lo que me evoca: un domingo ventoso y frío de mi infancia en el que mis padres no me dejaron acudir al cine de las tres, y veo a la niña que fui detrás de la ventana leyendo, sin entender muy bien aquellas historias de guerra que me atraparon desde el primer momento. Su tacto, su textura, su olor, sus hojas desprendidas de color sepia. Antes que yo lo leyó mi padre, y me viene a la mente su imagen concentrada y su cabeza reclinada abstraído totalmente. Hojeando sus páginas observo emocionada que aún conservan los subrayados a lápiz que de vez en cuando hacía.

Un libro, un viejo libro, sirve para evocar trozos de vida ya pasada; seres queridos que se han ido; retazos de un tiempo feliz que no volverá.

Lejos de entristecerme, esta nostalgia evocadora que ahora me embarga, me produce una serena alegría. Alegría por la infancia vivida y hoy recobrada a través de las Historias Secretas del viejo libro.


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