“Aunque no lo crean, la imagen de ese edificio, sobre todo, el espacio de la esquina, desprende notas musicales que se pierden en los años que el negocio lleva abierto.
Allí, en la década de los ochenta, compramos guitarras, bandurrias y laúdes cuando el grupo folklórico empezaba. Y lo fuimos pagando religiosamente. Por eso digo que el lugar desprende música. ¡¡Y de la buena!! En los días luminosos, la madera de los instrumentos se suaviza y nos invita a entrar. Hay de todo. O casi. Ahora, también bisutería. Adaptarse a los tiempos, no queda otra. La tienda, que se mueve al ritmo de cuatro puertas por cuatro, sobrevive en el lugar y habla de un tiempo musical que aún perdura.
Y eso ya es un milagro cotidiano. Otro más de los que nos suelen rodear. Pero hay que mirar detenidamente. Lo hemos dicho muchas veces.”






























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