El jueves por la tarde
Hoy he recordado algo que creía olvidado. Ha sobrevenido al hilo de otras historias que en mi ordenador van tomando forma poco a poco. Y que no sé si algún día verán la luz.
Antes, los jueves por la tarde representaban la mitad de la semana y tenían una cadencia festiva, como un ligero respirar en mitad de la senda laboral. Como teníamos clase los sábados por la mañana, y no los jueves por la tarde, entonces, la pausa semanal se verificaba de manera vespertina y a medio camino. Y cuando la primavera llegaba, la Banda Municipal reanudaba sus conciertos en la Plaza o en el Parque de san Juan, donde el paseo, la charla, los bares, los negocios de la zona, y el bullicio de la calle, y las correrías de los chiquillos que fuimos entonces, demostraban que “la vida interior” de Arucas, como dice claramente Rafael Álvarez, era una palpable realidad.
Convertida en cabeza de comarca la ciudad norteña, la actividad en la calle era incesante; bueno, la verdad es que antes la calle sí era un bien común y casi alargaba los hogares, donde las puertas permanecían abiertas y los coches aún no habían invadido la calzada. Además, en ese día intermedio las parejas se citaban como preludio del encuentro del fin de semana, donde se ratificaba, de cara a los demás, la relación. Y los parques cumplían su papel de palabras susurradas. El encanto especial de aquellas tardes representaba el empujón final de la actividad laboral de la semana. Nosotros, chiquillos medio mataperros, jugábamos sin descanso y la imaginación se disparaba con cañas y palos y algún que otro balón de fútbol casero, elaborado por las diligentes manos de algún padre de nuestros amigos de entonces. Porque antes hasta las pelotas con las que jugábamos eran un bien de lujo. Y, también, las piedras ayudaron mucho. Con ellas levantábamos muros imaginarios de casas sin techo, en los campos de tierra colorada, veredas por las que caminar y hasta se transformaron en balas perdidas en las “guirreas” contra otras pandillas; por otro lado, muy frecuentes.
También recuerdo, ya medio galletón, en tono mucho más tranquilo, Radio Nacional de España por las tardes. A eso de las seis, si la memoria no me falla, “Para vosotros, jóvenes”, con un joven Eduardo Sotillos al frente, y al que le pusimos cara cuando se convirtió, años después, en ministro portavoz del primer gobierno socialista de Felipe González, escuchábamos la música moderna del momento. Cada tarde, la lista de los mejores, con conexiones en las distintas provincias (las autonomías no se habían inventado) servían de base para escuchar por enésima vez a Fórmula V, Los Diablos, Pekenikes… ¡y a tantos otros! que, por entonces, eran los más conocidos, modernos y “pop” del país. Cuando llegábamos del colegio, salíamos entonces a eso de las cinco y media de la tarde, y mientras dábamos cuenta de la merienda, el tocadiscos portátil, que incluía radio, se convertía en el aliado perfecto, en el amigo entrañable de un tiempo que se ha desvanecido como si de un milagroso sueño se tratara. Cuando no sintonizábamos la radio, los LP y los “singles” sustituían la música que deseábamos escuchar: Creedence, Sabandeños, Minelli, Camilo Sesto, Los Payos... y tantos otros que se han perdido por el camino: las mudanzas y los traslados para los guateques cumplieron su papel. Y, seguramente, la socorrida expresión “¡es ley de vida!” habrá hecho su parte. Claro que Antena Infantil, en TVE, previo a Los Chiripitifláuticos, también alegraba lo suyo. Pero esa es otra historia.
Yo solo quería señalar que los jueves por la tarde tenían un embrujo diferente, una parada vital que expandía la mirada, los juegos, los noviazgos, las alegrías y las amistades. Y, seguramente, las tristezas, pero en aquel tiempo esa palabra, para los chiquillos que fuimos, ni siquiera figuraba en el diccionario.
Este misterio de la memoria, y de los recuerdos, ha reavivado aquellos instantes. Ya se sabe: “ley de vida”.





























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