“Acabo de cumplir 77 años y si no fuera por mi soledad diría que mi vida ha sido casi perfecta.
Es verdad que no he tenido hijos; bueno, ahora, ni marido, no porque haya fallecido, qué va, sino que se fue con otra, aunque él lo niegue mil veces mil. Tengo mi ropa, mi casa y mi misa diaria. Converso un poco, un cortadito con las amigas y vuelta al hogar. Sí, sí, estoy sola, pero no me quejo. Bueno, un poco sí, la verdad. Noto que la gente no quiere hablar conmigo. Claro que los vecinos me tienen muy vista y mi ex era muy simpático con todos. Lo cierto es que siempre he sido celosa y yo veía que algunas de por aquí andaban detrás de él, claro, como tenía tan buena planta el hombre. Pero, bueno, aquí estoy. No soy un dechado de virtudes, más bien todo lo contrario. He sido, y soy, atravesada y con mucha mala leche, a pesar del tamaño que he disfrutado toda mi vida. Peso lo mismo que cuando joven, y el azúcar lo tengo a raya. Lo que pasa es que estoy sola, coño, muy sola. He sido muy individualista siempre; lo reconozco, pero es que cuando mi marido vivía aquí, al que eché del hogar, esto era un “sinvivir”: discusiones diarias, miradas raras y palabras malsonantes que iban creciendo. Bueno, la verdad, la mal educada era yo; eso he de reconocerlo, pero él andaba con otra, aunque no tenga pruebas fehacientes, como se dice en los juicios.
Pero estoy sola, coño, sola. Y, ahora en invierno, hace mucho frío”.






























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