Igualdad a paso de tortuga
La igualdad entre mujeres y hombres es un principio fundamental de la Unión Europea, consagrado por los tratados y las leyes. En el Tratado de Roma (1957) se recogía el principio “a igual trabajo igual salario”. La igualdad como principio, se invoca en los vigentes Tratados de Lisboa (2009) y en la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea (UE). La importancia concedida por la Unión Europea al principio de igualdad, da lugar a que la UE se comprometa en el artículo 8 del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea a que “(…) en todas sus acciones, la Unión se fijará el objetivo de eliminar las desigualdades entre el hombre y la mujer y promover su igualdad (…).”
Ahora bien, aunque la UE tenga legislación sobre igualdad de trato, integre la perspectiva de género en las políticas comunitarias y promueva programas para la promoción de la mujer (como los programas Daphne), los avances hacia el logro de la igualdad de género han sido terriblemente lentos, en particular en lo que se refiere a la igualdad económica, en el empleo, en la protección y participación en el poder.
Tanta es la lentitud en materia de igualdad, que el Instituto Europeo de Igualdad de Género señala en su evaluación del decenio, comprendido entre los años 2005- 2015, que la “Unión Europea se ha estado moviendo hacia la igualdad de género a paso de tortuga”. En efecto, según los datos las mujeres europeas cobran de media un 16,2 por ciento menos que los varones, incrementándose el porcentaje hasta un 22,3 por ciento en países como Alemania con un alto índice de empleo (porque las mujeres ocupan mayoritariamente los famosos minijobs). Se estima que una mujer europea para percibir la misma retribución media anual que un hombre (desempeñando la misma categoría, la misma jornada y las mismas funciones), debe trabajar una media de 59 días más al año.
Debatiendo en el Parlamento Europeo sobre esta desigualdad de retribución entre mujeres y hombres (que se mantiene desde hace años en torno al 16 por ciento), el ponente de la Comisión de Igualdad, Gustafsson, afirmaba lo siguiente: “esta desigualdad afecta a las mujeres a lo largo de sus vidas… Pero si las mujeres entran en una tienda, no tendrán un descuento del 16 por ciento; si tienen que pagar un alquiler o un interés por la compra de vivienda, no tienen un descuento del 16 por ciento. Si desean ir en automóvil o autobús, no tienen un descuento del 16 por ciento en los precios de la gasolina o autobús”.
La Comisión de Igualdad del Parlamento Europeo llama la atención sobre que la brecha salarial persista cuando la legislación europea, desde hace varios decenios, ha venido impulsando la igualdad entre mujeres y hombres en el acceso al empleo y las condiciones laborales; y cuando además el 70 por ciento de la ciudadanía europea, (según la encuesta del Eurobarómetro), apoya la igualdad y considera la brecha salarial entre mujeres y hombres como un problema grave.
Ante esta incoherencia entre una legislación y ciudadanía europea partidaria de la igualdad, y la experiencia de la desigualdad cotidiana realmente existente, la pregunta que formuló al Parlamento Europeo la comisaria del grupo popular Viviane Reding es: ¿Por cuánto tiempo aceptaremos esta discriminación?¿Por cuánto tiempo aceptaremos violaciones de derechos fundamentales? Si todos estamos de acuerdo en que la brecha salarial entre mujeres y hombres es un problema grave, ¿por qué no hacemos nada?
En respuesta a su pregunta retórica señaló “(…) que la aplicación de la legislación depende de la disposición de los individuos para llevar los asuntos a los tribunales, y hasta ahora hemos visto que, en la mayoría de los Estados miembros, el número de casos de discriminación salarial remitidos a los tribunales nacionales sigue siendo bajo (…)”.
Por lo tanto, siguiendo la recomendación que nos ofrece la eurodiputada del grupo popular europeo (poco sospechosa de radicalismos), tenemos que exigir la aplicación de la legislación, no podemos aceptar las violaciones de los derechos fundamentales que suponen la brecha de género en salarios y, desde luego, debemos estar en disposición de reclamar ante los tribunales. Viviane Reding olvidó reconocer en su intervención que la persistencia de la movilización feminista es fundamental, para exigir que se apliquen las leyes y para animar a que se reclame ante los tribunales el derecho a la igualdad real y efectiva.






























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