Llegó al trabajo. Se quitó el gorro y colgó el abrigo en el perchero. Luego se frotó las manos como si intentara liberarse de una harina imaginaria.
─ ¡Señor, Contreras, por favor suba a la oficina! ─gritó el gerente del supermercado.
El hombre apretó el culo y tragó saliva. Cerró la puerta del vestíbulo y subió las escaleras. Era segunda vez en su vida que rezaba, después de la primera comunión. La puerta estaba entreabierta, empujó con suavidad y entró. El gerente lo miró, levantó las manos y las zarandeó en el aire «¿Cómo se te ocurrió?, ¿en qué estabas pensado?, ¿acaso no conoces las reglas?».
El empleado bajó la cabeza, intentó decir algo y se arrepintió, «las reglas son las reglas, siempre lo advertimos, y hay que cumplirlas a rajatabla, y usted…», «es que no pude decirle que no, me insistió, me dijo que su hijo lloraba, que solo necesitaba un cartón de leche sin lactosa, y unos cereales», «¡lo siento, sus excusas no son válidas, está despedido», «no volverá a ocurrir, se lo juro, llovía y me compadecí», «¡ni me compadecí, ni que niño muerto!».
Las normas eran claras, en esa cadena de supermercados solo podían mercar hombres.



























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