“Cada libro es un surco y cada página, un mato que se adentra en la tierra arada; y cada biblioteca es una cosecha siempre fructífera. Y, con los años, resguardados del polvo de la ignorancia y de la mediocridad, los libros se abren paso en la imaginación de sus lectores: últimos héroes que luchan contra la ignominia. Por eso los libros son como los profesores: imprescindibles. Podrán venir todas las reformas educativas que quieran y todas las tecnologías que revolucionarán los modos y las formas; sin embargo, no podrán ni con los libros ni con los maestros: su presencia es tan necesaria como el aire que respiramos “trece veces por minuto”.
Por eso la tierra cultivada en las estanterías es un terreno perfecto y abonado para que la inteligencia nunca desaparezca. De eso se trata: de sembrar la tierra de las páginas. Que no es poco.”






























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