“La contadora de películas”: una magnífica novela
Acabo de leer una novela y creo que, al mismo tiempo, he visto una película.
Tengo la sensación, incluso después de haber acabado su lectura, de que cada vez que lo abría se apagaba la luz de la sala y se iluminaba la pantalla, y las imágenes se sucedían al paso de las páginas que, organizadas en capítulos cortos, algunos muy cortos, simulaban las distintas escenas cinematográficas. Además, con un lenguaje sencillo y claro, sin florituras inalcanzables, el autor, el chileno Hernán Rivera Letelier, ha trabajado seriamente en la construcción de su obra y ha logrado, con las expresiones más llanas, atrapar al lector y al espectador también. Su aparente naturalidad es fruto del trabajo serio, riguroso, en el que ha despejado, y desnudado, al lenguaje de lo accesorio y ha llegado a alcanzar una franqueza aparente, directa, que engancha y que sobrepone. Lo de su aparente sencillez, que lo es, tiene que ver con el trabajo en soledad. Y mucho. Y me imagino al autor despojándose de lo accidental, de lo superfluo, con el fin de desembocar en esta extraordinaria novela que nos acoge desde el principio. Los capítulos, reducidos; la expresión, directa y eficaz, y el juego con los distintos planos y escenas logran claramente su objetivo: la obra es un homenaje al hecho de contar y, a la vez, al cine.
Contar historias es un acto que sucede cada día y en cualquier lugar: es una actividad inherente al ser humano. Y Rivera Letelier lo sabe perfectamente. Por eso los personajes de su relato tienen la permanencia precisa en sus distintos momentos, acaso escenas, y son tan de fiar como las páginas en las que se mueven. Son personajes vivos, reales, donde apenas con unas pocas paletadas descriptivas el autor nos lleva en volandas por todo el lienzo; y distribuye el colorido a su antojo.
La contadora de películas (Alfaguara, Barcelona, 2018) es una deliciosa aventura donde el espacio adquiere un valor propio y del que sobresalen unos personajes que viven y desean progresar en un ambiente duro y hostil. Pero, claro, esto dicho así no hace justicia a la novela. Será mejor que ustedes, lectores improbables, se acerquen a ella y descubran otros motivos: el valor de contar, la presencia del cine, la explotación, el sentir y el actuar; además de variadas propuestas que el autor, inteligente, por cierto, nos sugiere en sus apenas 120 páginas. Nos encontramos ante una novela afable, pequeña y grande al mismo tiempo, que produce la sensación de que casi todos podíamos haberla escrito Pero no nos engañemos: todo ello es fruto de la experiencia, del trabajo honesto, de la capacidad del novelista que ha sabido elegir lo principal y ha rechazado lo que sobra. Y, sobre todo, que no ha alargado la historia indefinidamente para conseguir así llenar más páginas. La novela tiene la extensión adecuada, el ritmo preciso y unos personajes tan verosímiles que sentimos, al final, que desaparezcan de nuestra vida lectora porque habíamos caminado a su lado y casi eran nuestros vecinos. En fin, que la atmósfera conseguida es tan real como la vida misma.
Otrosí: queremos decir que para contar no hace falta más que la voluntad de ir al grano. Y, por supuesto, el ingrediente imprescindible: el don que algunos escritores manifiestan y del que no sabríamos explicar el porqué. Por favor, no dejen de leerla, si es que ustedes encuentran en la lectura el placer de olvidarse del espacio y del tiempo. Si es así, disfrutarán de lo lindo, pues el buen oficio del escritor chileno es una garantía que dura siempre, sin fecha de caducidad, y que esperará el tiempo que haga falta para que nuevas manos elijan el libro. Además, tenemos la certeza de que las historias contadas, y aquí sucede doblemente, nos abren el mundo de la imaginación, entendida ésta en toda su amplitud y con todas sus variantes. En cualquier caso, desconocido lector, estamos convencidos de que usted descubrirá mucho más. Así es la Literatura: algo que no tiene límites, aunque algunos consideren lo contrario.
La obra, que parece un cuento, estructurada en 44 capítulos cortos, es un canto al cine, el mismo que escondía y unificaba la pobreza de los espectadores en aquella salitrera chilena del desierto de Atacama. Sí, los personajes, en un espacio seco y duro, viven con las ilusiones de cualquier ser humano y sus vivencias y anécdotas encuentran el acomodo necesario. La protagonista, joven que se crecía cuando contaba, nos conduce con solvencia por el argumento y nos zarandea, en el buen sentido del término, con el propósito de presentarnos su visión particular y única de “la película” que acaba de ver, y vivir, y donde el espacio resulta altamente significativo y acorde con la pobreza del entorno. El autor, como ya hemos dicho, y no nos cansamos, cuenta eficazmente: con un lenguaje natural y franco elabora un relato ameno, rotundo y sugerente, en el que los breves capítulos vienen a representar aquella cartelería, que hace ya muchos años que no se usa, que reflejaba las distintas escenas de la película. Antes, esas fotos eran como reclamos publicitarios y llamadas a entrar en la sala de proyección.
Más cosas: la acción transcurre en los años sesenta del siglo pasado y Rivera Letelier nos presenta las claves en el momento adecuado, sin dejar atrás los “radioteatros”, que por aquí llamábamos “radionovelas”, en las que el país, el nuestro, parecía detenerse por un rato cada tarde al mismo tiempo que la imaginación saltaba por las ondas radiofónicas, ilustrándonos en la importancia y el arte de contar. Y escuchar. Ahora ese propósito tal vez se produzca en las series de televisión, tan de moda. Ya saben: cambia el formato pero el fondo es siempre el mismo y, además, universal, como lo es el cuento.
Que la novela dedique una página entera para reflejar una única palabra, no solo resulta muy llamativa, ya descubrirán por qué, sino que también el autor demuestra inteligencia meridiana y respeto profundo al lector: deja que éste interprete, mire, escudriñe y que, en su libertad, considere y aprecie lo que delante tiene.
Estamos ante un libro magnífico, cercano, donde Hernán Rivera Letelier (Talca, 1950) muestra más de lo que dice. Y tal vez sea ese su éxito, su mérito, su manera de estar en el mundo y de hacernos pisar en él como si estuviéramos en una nube que, desde su altura, adquiere la perspectiva adecuada y omnisciente. No sé si me explico, pero les aseguro que el autor chileno nos regala una manera muy personal de mirar.
Yo no sé si “una imagen vale más que mil palabras”, como asegura el refrán, pero sí estoy convencido de que un título como “La contadora de películas” encierra todas las imágenes posibles.



























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