La nueva doméstica llegó de noche, en el autobús que, al alba, salió de San Carlos, cruzando las tierras de cabalgaduras, antes de alcanzar Santa Clara ciudad.
Ahora desayunaba con la servidumbre. Ensimismada, migaba el cuenco, un níveo barrizal fangoso, e invocó su breve pasado. La infancia en orfandad, junto a la tía y la piara de cerdos. Las deplorables notas escolares y su vulgar rostro inasible en el espejo. La estufa candente de la entrepierna cuando la pubertad y el árabe errante, con su varonil colmillo de oro, que le engendró al muñeco. Y el muñeco, blando, dulzón, angelical… Sin padre.
La palmada de la gobernanta la despertó. Las dos subieron a la recámara del segundo:
—Pruebe a limpiar, por favor.
Sobre la mesilla de noche vio un vaso de agua con la prótesis dental con el canino de oro.
— ¿Y esto, señora?
—Lo único del difunto señorito que no pudimos sepultar. No se acerque, Elsa, muerde.





























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