Brillos

Opinion

leonilo2020Cuando lo superfluo se torna en el fulgor que reconforta, la mirada se fija a otros lugares, donde la reflexión avanza en un fogonazo de asombros. Resuenan, con usual frecuencia, los redobles de tambor y las melodías de los instrumentos de viento llamando al gozo momentáneo. Alborozo reflejado en los rostros confunden las miradas. Alguna ruidosa incursión del fuego de artificio también se hace notar. El resto surge por añadidura.

Muchas de las acciones que se afrontan, o se enfrentan, son fruto de ese afán que mueve a nuestra clase política, que no es ningún descubrimiento. Recordemos, sin hacer uso del latinajo, el pan y circo. Así cualquier circunstancia es aprovechada para mostrar los reflejos de sus acciones, con las que pretenden encandilar a quienes, en futuros comicios, serán quienes les otorguen su confianza al emitir el voto. Algo de eso debe acontecer, si a las cifras de representación nos atenemos.

Cuando nos detenemos a reflexionar sobre cuál es la necesidad de una ciudad, o grupo de personas agrupadas en torno a un Ayuntamiento, siempre nos fijamos en lo básico. Aquellas que permiten la cotidiana evolución. Todas y cada una que, más tarde o temprano, también contribuyan a la mejora de esa municipalidad. Sobre todo, que aporten los medios suficientes para evitar el éxodo diario que se produce en la zona para buscar el sustento en lugares apartados del lugar donde se reside.

Ese ir y venir diario desde el lugar en que se reside hasta el lugar en que se ganan los garbanzos (por hacer un guiño a nuestro querido Galdós), pone en evidencia otra necesidad. No es otra sino la de las comunicaciones. Cuando nos fijamos en la idoneidad de estas, y la adecuación a las necesidades reales de la zona, se puede comprobar —salvo significativos y no definitivos avances— como distan de cubrir tales exigencias. Ya no solo por el hecho de mantener las comunicaciones sujetas a tramos de travesías, con regulación semafórica, pasos de peatones y las consabidas rotondas, sino por encontrarnos con un firme que no responde a lo que sería de desear. Nada que ver —a pesar de ser odiosas las comparaciones— con las comunicaciones entre la capital y el sur de la isla.

Si nos fijamos en tales comunicaciones y, con mayor detalle, en el sentido de la circulación en determinadas horas, se puede comprobar cómo cuando desde el norte se produce la salida, a saber la gente abandona la zona, en el sur se origina la llegada, o utilizando idéntico criterio se incorporan al lugar. En otras palabras, que los puestos de trabajo surgen en un lado y escasean en el otro, desde donde la gente debe salir para buscarse uno. No es sino fruto de la tercerización de la economía de Canarias. Mientras en el sur se recibe el turismo, por la particular oferta que se hace, en el norte no se encuentra ninguna idea que permita evitar las salidas masivas.

Mientras, para entretener a la población, se oferta una fiesta permanente. Cualquier motivo es adecuado para que suenen los tambores y exploten voladores. Ahora se trata del carnaval, antes fue la navidad y previo a esta ya hubo otras motivaciones que sirvieron para engalanar las calles, llenarlas de música y poner en marchas los fastos, cargados de brillos para encandilar a las miradas. Miradas, que entretenidas en ello, carecen de tiempo para fijarse en la realidad que les rodea. No solo, sino que todas esas actividades tienen unos costos, bastante notables en muchos casos. Lo peor de ello, que no son inversiones locales, sino por el contrario, redundan en personal foráneo, salvo honrosas excepciones. En definitiva, para cerrar el círculo, si las inversiones no se llevan a cabo en la zona, no se generan puestos de trabajo y, como se podrá comprobar, continuarán las diarias salidas y las consiguientes obstrucciones del tráfico. Pero, no nos detengamos en tales fruslerías, ahora lo importante es la fiesta, ¡qué siga!


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