Tetas gemelas

Opinion

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Resulta muy agradable dar con gente respetuosa y tolerante en esta sociedad nuestra que, por desgracia, involuciona cada día más.

Hace poco, de paso por San Juan de Guía, entré en un bar que se halla al lado de la carretera general, frente a la plaza, para tomarme un vino y un enyesque, y me encontré con una parranda de esas que dan sentimiento: voces de mujeres y hombres jóvenes, guitarras, timples y bandurrias interpretaban un sorondongo de manera magistral:

“Y salga usted que la quiero ver bailar y saltar por el aire”.

Sin pensarlo dos veces, después de entonarme con una copita de vino de la tierra y de ser invitado por la concurrencia, me sumé al grupo y me supo a gloria bendita cantar isas, folías, malagueñas, y lo que fuera, y hasta me arranqué a bailar unas seguidillas con ellos.

Lo que iba a ser un enyesque acabó siendo un almuerzo, regado de buen tinto, por supuesto, y, ya con los efluvios sonrosándome los cachetes, en un descanso musical, nos pusimos a conversar.

¡Qué gente tan estupenda! Otro gallo nos cantaría si todo el mundo fuera así. Me llamaron especialmente la atención dos parejas muy moderadas con la bebida: mujer grancanaria, de ascendencia china (tenía rasgos marcadamente orientales), con hombre tinerfeño; y mujer tinerfeña con hombre grancanario, de padres guineanos, negro como un tizón.

-¡Fuerte cacao! –dije, espontáneo, despertando sus carcajadas. Y yo solté otra cuando la joven de apariencia china me dijo: “Soy más canaria que el gofio, mi niño”.

Hablamos de esto y de aquello y de lo de más allá y dejaron patente la indulgencia de su carácter, su respeto hacia los demás y su repulsión por la intolerancia y prepotencia que muestran muchos miembros y colectivos de nuestra sociedad actual, al tiempo que, como es habitual en estos tiempos, miraban sus móviles y me enseñaban fotos y memes y gags, en medio de risas y fiestas.

A mí, que ya tenía el humillo del vino bullendo en la cabeza, se me ocurrió entonces enseñarles la foto que encabeza este texto mientras les comentaba, con sobrada picardía, que Ajódar y el Teide parecían dos tetas gigantescas.

-Total –replicaron al unísono las cuatro personas mencionadas, y el chico tinerfeño añadió que, vistas desde esa perspectiva, se podía hablar de dos tetas gemelas. Eran diferentes pero parecían iguales.

-¡Sí, señor! Diferentes pero iguales. Que la riqueza está en el hecho de que seamos diferentes, y de que se nos trate a todos por igual, sin miramientos de raza, credo o condición –apuntó, efusivamente, la joven grancanaria. Luego me miró y, cambiando de tercio, me dijo:

-¿Eres capaz de cantarle un punto cubano al Teide?

-Por supuesto, aseguré:

En el tranvía del Teide
yo no me quiero montar
porque el sexto mandamiento
manda no “fornicular”.

-No, no, ese no vale. Ese es conocido. Tiene que ser uno inventado – saltó ella.

A mí, que me encanta rimar, me atrajo el reto y me puse a cavilar unos instantes:

Mirando hacia el pico Teide
me puse a considerar
que la vida es más hermosa
conjugando el verbo amar.

¡Oooleee! Gritaron todos, y me abrazaron y zarandearon. Entonces propuse al tinerfeño que le dedicara él uno a la montaña de Ajódar. No tardó mucho en complacerme:

En la montaña de Gáldar,
que es la de Guía también,
la gente regala besos
con sabor a menta y miel.

¡Ohhhhhh!

Me encantó. Veladas así deberían repetirse más a menudo, aunque, a causa del vino, tenga que dejar el coche en el sitio y pedir un taxi que me lleve a casa, que fue lo que, amablemente, hicieron aquellas dos entrañables parejas.

Foto. Ignacio A. Roque Lugo


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