“Cuando se produjo el seísmo no lo podía creer. Tanto tiempo anhelando las ilusiones y los deseos apenas expresados, la Naturaleza, sabia en su origen, vino a colocar las cosas en su sitio. Y nos cambió el carácter, a pesar del dolor inevitable que sufrimos.
Sí, el seísmo fue profundo y muy duro. Los muertos se contaron por miles y las casas cayeron en bloques rotos de escombros esparcidos. Pero no todos desaparecieron. Los que quedaron miraban asombrados la catástrofe. Y parecía que el mundo anterior nunca había existido. Y todo volvió a comenzar. Poco a poco y paso a paso. El milagro se había producido: el seísmo enorme no solo no alejó a las islas, sino que las unió nuevamente, juntándolas en un puzle natural que un dios del Olimpo ordenara y ensamblara: San Borondón emergió de nuevo de las profundidades marinas. Y así se denominó a la nueva gran isla surgida de las entrañas de la Naturaleza.
Y aquí sigo, con una nueva filosofía y una nueva manera de ser y estar. San Borondón, yo, la isla perdida, he encontrado mi lugar en el mundo, aunque siempre he anidado en el alma de los canarios y, muchísimas veces, sin que se percataran de ello. Y aquí estoy, aprendiendo a caminar y a superar las veredas y las estelas del mar. Ya solo falta crecer juntos. Y en esta lucha nos encontramos. Acostumbrados a estar atrapados en un mar que, en ocasiones, se transformaba en nubes saladas, ahora resulta difícil y complicado caminar juntos. Los matices y las formas han de adaptarse a la nueva situación: estar unidos es una cosa; y otra, muy distinta, es que sepamos caminar juntos, donde Taburiente en una esquina compite con Timanfaya, en el otro extremo; y los podomorfos de Tindaya se han ido a hermanar con el Teide y el Pico de las Nieves. Tenemos que aprender a mirar. Y convertir este seísmo en un descubrimiento que apueste y respete la Naturaleza. Y hemos de aprender a explicar lo que fuimos: que separadas vivimos y el camino era el mar.
Yo, San Borondón, he dejado de ser una leyenda y un mito. Ya no tengo que desaparecer en la bruma, porque la bruma está en mis cumbres nuevas y avanza entre el Garajonay y Betancuria, tan cercanos.
Yo, San Borondón, estoy viva; muy viva.
Y, como dijo el poeta, he dejado de ser un silencio amordazado.”





























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