Idalia lanzó a la hoguera sus vestidos y zapatos. Mientras el fuego los devoraba dentro de sus llamas azules y amarillas, su mirada se extraviaba en el cielo. La mujer estaba sentada cerca del fuego.
Minutos antes, se quitó el traje de luto que escondía el misterio de sus curvas, su aroma delicado y acre que se aferraba a los tejidos sombríos, rasgando la tela, enganchándose como una araña temerosa a una caída involuntaria.
Idalia se puso una combinación blanca que olía a tiempo estancado, días dilapidados cuando acababa la noche, deseos apaciguados mezclados con bolas de naftalina.
Se acercó al catre. Dejó los anteojos sobre la almohada y se fue al patio con las bolsas de ropa y de zapatos. Los pájaros apagaron su canto y la perra amamantaba a sus cachorros bajo los platanales.
El primer vestido que lanzó a la lumbre fue el de novia. La mujer contemplaba de reojo la luna. Luego, tiró como piedras pesadas los zapatos, después las faldas, las blusas y resto de trajes. En el regazo sostenía los vestidos bordados de recién nacidos.
En sus manos cayeron unas gotas frías. Levantó la mirada.
La luna lloraba.
Verónica Bolaños nació en Cartagena de Indias (Colombia) el 4 de abril de 1975. Desde hace veintitrés años reside en el barrio El Poblenou (Barcelona).
Estudió en la Escola d’escriptura Ateneu Barcelonès y en Aula de Escritores. El recuerdo de una infancia feliz en el pueblo de sus abuelos (Turbaco), rodeada de palomas y árboles exóticos, ha sido el motor en la creación de estos cuentos.





























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