Sus majestades
El Roque Nublo y El Teide,
majestuosos los dos,
se saludan cada día
tan pronto bosteza el sol.
Se admiran en la distancia.
Ambos quisieran volar
sobre esa alfombra de nubes
para poderse tocar.
Son portentos naturales
que se exhiben en el cielo.
Prodigiosas maravillas
de un mundo que es un misterio.
Un mundo que igualmente es monstruoso,
porque el horror acecha en cada esquina:
volcanes, terremotos, huracanes,
guerras, hambre, dolor, calamidades.
Un compendio de horrores y prodigios
es la vida que todos conocemos.
Hay luz y oscuridad, amaneceres
y ocasos de colores encendidos.
Se enfrenta la hermosura a la fealdad,
el olor de las flores al hedor
de algo ya putrefacto y asqueroso.
Claro está que hay de todo en esta vida.
No es de extrañar, pues, que, a veces,
se avengan polos opuestos.
Es el caso de este roque
tan colosal, tan esbelto.
Mirando hacia Tirajana,
recibe del monte abrigo.
Tiene aires de majestad
pero se llama El Boñigo.
Fotos: Ignacio A. Roque Lugo
































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