“Cuando empecé a sentirme pequeño, mi autoestima, como ahora se dice, había llegado a un punto de no retorno.
Me escondía de los amigos, de los conocidos, de la cola del paro, de la oficina de empleo e, incluso, del médico de cabecera. Deambulaba por las calles con tal sigilo que logré desaparecer en el paisaje urbano. Solo en los actos festivos lograba un poco de visibilidad, así que los disfrutaba de lejos para no tener que saludar. Se acentuó tanto mi complejo de inferioridad como cuando los tiempos de la dictadura, tan llenos de órdenes y de “vale quien sirve”. Creí regresar de nuevo a “las clases sociales”. Caminaba sin sentido y solo los pocos versos de Machado que recordaba me ayudaron en la travesía.
Al final, después de no sé cuántos años, logré un empleo de barrendero. Pero solo duró seis meses.”





























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