Reverencia
No es sumisa la sabina.
No se postra humillada ante el cielo ni se rinde por verse vencida.
No se siente doblegada.
En su alargada existencia ha aprendido a aceptar.
Acepta los embates del viento, que la encorva
y zarandea su melena,
el paso del tiempo que desnuda su piel,
el frío, el calor, la incertidumbre.
Es hermosa su figura. Escultura con raíces en la tierra.
Se arquea cual bailarina, cortés, gratificando a la audiencia;
se inclina igual que un artista, cual estrella que alumbra el escenario,
mientras suenan los aplausos.
No se pliega la sabina. Le hace una reverencia a la tierra,
a la que tanto venera, con humildad y elegancia.
Adora la luz del día y la lluvia que riega sus raíces.
Se sabe afortunada y lo agradece.
Da gracias por estar viva. Al cielo, al sol, al mar,
y a la tierra que besa con sus ramas.
Es un alma agradecida
a quien la vida le dio.
Ojalá todas las almas fueran como la sabina:
respetuosas con la naturaleza.
El mundo sería distinto.
Y como un hermoso sueño la vida.
Foto: Ignacio A. Roque Lugo




























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