Potaje de jaramagos
Tiene un especial encanto pasear por lugares donde los cencerros del ganado suenan mucho más que los ruidos de los coches, como Samarrita, que pertenece a Caideros, donde conocí a una mujer de ochenta años, que me invitó a un vaso de agua al verme pasar ante su puerta. Se creó entre nosotros, de manera natural, un curioso lazo de amistad que me hizo sentirla como alguien entrañable.
-Vive usted en un sitio privilegiado, señora; esto es una maravilla –le dije, en tanto que contemplaba una nube alargada que se metía delante de Tamadaba. El Teide, enmarcado de blanco y celeste, emergía por encima de la nube.
-Y más estos días, mi niño, que está todo verdito. Ahora da gusto pasear por aquí –replicó ella, mientras se acercaba a un horno situado al lado de la vivienda, invitándome a que la siguiera –. ¿No te huele a nada?
-A pan caliente. ¡Qué rico!
-Pues espera a probarlo – añadió, según abría la puertilla del horno.
Me encantó verla sacando el pan y, sin dudarlo, con naturalidad, la seguí hasta la cocina, donde me invitó a sentar, después de poner el pan sobre la mesa. De inmediato sacó queso, vino, aceitunas y, como por arte de magia, de buenas a primeras, me encontré ante un plato de potaje.
-¿No me irás a decir que no? Es de jaramagos. Yo misma los cogí esta mañana. ¿Los has probado?
Surrealista me pareció la escena. Me gustó tanto el candor y la espontaneidad de aquella encantadora mujer, una persona de la que no sabía ni el nombre, que no pude negarme a nada.
-No, señora. Nunca he comido jaramagos, pero, por la pinta que tienen, han de estar buenísimos.
Me supo a gloria. Disfruté de lo lindo comiendo. Y me retrotrajo en el tiempo, me transportó, el hecho de que uno de los ingredientes fuera carne de cochino. Yo soy cochinero de nacimiento y en Ingenio era habitual ponerla en los potajes de coles. Una vez hecho el guiso se deshilachaba la carne y se rociaba con jugo de limón. La col se desmenuzaba y se le ponía aceite y vinagre. Ambos ingredientes acompañaban al gofio escaldado que, en un lebrillo, ocupaba el centro de la mesa.
-¿Te gustó, mi niño? –preguntó mi anfitriona, mirándome con ternura. Y yo, después de responderle que me había encantado, tuve la impresión, por un momento, de estar viendo a mi madre.
Fotos: Ignacio A. Roque Lugo































Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.27