Llegué a la villa un martes por la mañana. No solo me recibió el perro solitario de la calle principal sino el silencio del lugar. En el recorrido apenas vi a nadie. Sin embargo, no estaba triste; al contrario, aquel recibimiento de la villa provocó que la mirara de otra manera. En el comercio musical de la esquina pregunté por el despacho del médico. Hacia allí me dirigí y contacté con mi predecesor: un galeno mayor que aún no había perdido el entusiasmo, pero sí las fuerzas. Me recibió con cariño e inmediatamente pasé consulta junto a él. Me fue informando de los distintos pacientes del día. Y, allí, en aquel sol mañanero de septiembre se mes escapó la vida en un santiamén.”





























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