Aquel sábado
“Aquel sábado de diciembre se despertó en la mañana que se adivinaba entre chubascos y claros: “aquí estamos hasta que Dios quiera”, “oh, eso es así y el que no lo quiera ver está más que ciego”, “pues seguro que dentro de un rato cae un chubasco”, “yo, la verdad, no sé por qué salí, Arturo”, “porque al igual que yo, amigo Carmelo, estamos acostumbrados a levantarnos temprano y eso ya no lo podemos cambiar”, “sí, tienes razón, eso no tiene remedio…”
Y el día comenzaba a estirarse como si viviera en un cuento: despacio, con un sol de invierno que no llegaba a calentar siquiera las páginas del libro infantil profusamente ilustrado. El tiempo de los amigos en la plaza estaba dominado por la novelería del Festival. Mucho forastero que daba vida al pueblo. Y se rejuvenecía la mirada envejecida de los amigos. Les gustaban esos días de ajetreo, de idas y venidas.
“Oh, el otro día vino no sé quién de la organización, un muchacho joven y educado, a pedirme que le contara los sucesos de la finca de El Palmar, y allí estuve dale que te pego”, “a mí me preguntaron el año pasado por los sucesos de la playa, pero este año nadie me ha dicho nada”, “y digo yo para qué querrán historias tan viejas”, “muchacho, está claro, para después hacer cuentos…”
La temprana tranquilidad de la mañana, al rato, se vio disfrazada de lluvia fuerte que apenas duró unos cinco minutos. Y la cafetería de la esquina se convirtió en refugio. Una pantalla encendida sin voz ofrecía imágenes futbolísticas y la clientela degustaba los primeros desayunos del día. El entusiasmo del dueño, su diligente mujer, experta en queques caseros de coco y chocolate, y dos chicas jóvenes muy eficientes, con eterna sonrisa amable, no sé si eran sus hijas, atendían con esmero y educación. Aprovechaban la racha después de las profundas reformas que habían realizado en el local, que lucía con el sabor y el cariño de lo nuevo.
Los días se fueron sucediendo como si avanzara, página a página, en un imaginario libro. Y en los escaparates del pueblo y en la plaza la navidad había regresado. Sin embargo, a pesar de la gente nueva que lo invadía, el lugar mantenía la tranquilidad como si fuera un destacado rasgo de su historia y de su personalidad. Claro que eso lo comprendí cuando iniciábamos el viaje de vuelta a la otra isla grande. Es lo que tienen los paseos cercanos, que si te quedas un poco más casi casi te conviertes en un lugareño. Y está bien eso de asentarse en los sitios y no pasar con mirada de turista únicamente. El sabor, y el saber disfrutar, del pueblo hay que descubrirlo. Y, al menos, con unos días de estancia, nos percatamos, aunque sea un poquito, de a qué sabe.
Y allí, con la cámara al hombro, me traje los recuerdos que se sumaban a los de la mirada. Eso sí: una mirada detenida; la que he ido afianzando con el tiempo. A la vez, la imaginación se vio mezclada con las fotografías y el resultado es lo que usted, improbable lector, acaba de leer.
Aquel sábado de diciembre… “





























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