Es la maresía madre, el perfume de tu rostro perlado con pétalos de sal, quien me trae tu imagen a esta orilla.
Es el fulgor de las blancas dunas, madre, el brillo de tus ojos al otear el horizonte, quien me trae tu mirada cristalina.
Es el barro, madre, el color de tu piel canela curtida al sol entre las maretas, quien me trae tu hermosa fortaleza.
Es el viento, madre, ese torbellino que alzaba tu sombrero, quién me trae una oleada de recuerdos.
Es el agua, madre, las lágrimas de mi rostro resecas en el tiempo, quien me trae el suave roce de tus dedos al recoger la sal de mi memoria.
Es el sol, madre, o el molino o… el cocedero. Es quizá la pala, la carretilla, el balde o el robadillo quien por recordarte, madre, me embalacha y me desala el alma.
Y es que... cuando veo las salinas, madre, saco del almacén la blancura de tu salino recuerdo.
Foto: Salinas del bufadero, Arucas, de Pedro Juan Vera






























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