“Por este callejón lagunero te di el primer beso universitario. Y no me importaba que Amaro Pargo estuviera por los alrededores. Poco podía hacer el corsario. La oscuridad reinante, el cómplice perfecto donde nuestros cuerpos se abrazaban y donde la pasión se desbordaba. No podíamos ir a mi pensión ni yo a tu colegio. Las normas de entonces, y la moral estrecha, nos empujaba a la calle y a los parques. Y, de vez en cuando, a los cines. Pero tampoco teníamos dinero. Así que los paseos, que ahora recuerdo con añoranza, fueron nuestros aliados. Estudiamos y también nos divertimos. Los años laguneros pasaron tan velozmente como en una carrera de fórmula uno. Ahora, en la distancia del tiempo, hemos regresado mientras nuestros hijos estudian en la Península. No sé si ellos disfrutarán de esta callejuela con raíces en la Historia. Seguramente tendrán otras oportunidades. Pero el callejón lagunero que tú y yo conocimos permanecerá siempre en nuestros corazones.”





























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