Así pregonaba Jacintita, la yerbera, las bondades del diente de león, milagrosa para la piel, buena para todo, recitando por las calles del pueblo, cuando no había supermercados, sino tiendas de aceite y vinagre, ni electrodomésticos en las casas, ni plástico, ni penicilina, y los niños no jugábamos al fútbol sino a la pelota en la carretera que va de Ingenio a Carrizal, la única que, después de pasar por Telde, iba desde Las Palmas hasta el sur, en medio de campos cultivados, de palmeras cargadas de támaras, olivos y tuneras, acebuches e higueras…, cruzando barrancos frondosos. También anunciaba Jacintita las propiedades de otras plantas, y a todas las elogiaba en sus pregones: la manzanilla es oro para el vientre; el toronjil anima al desmayado y calma la ansiedad; la hierba luisa mata el mal aliento, aunque, ¡cuidado!, afloja al hombre si la toma muy a menudo; la alsándara consuela las madres desconchabadas de las mujeres y el pomo “desarretado” de los hombres… y así con todas y cada una de las hierbas que portaba, en pequeños manojos, en su cesta de mimbre. Y de costumbre, para acabar su discurso, recitaba un terceto que se hizo popular:






























Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.50