“El premio consistía en una semana gratis en pleno centro de Madrid, en una vivienda normal y corriente: sin lujos, con pequeña azotea, sin ascensor y en la calle donde la prostitución se ejercía durante las veinticuatro horas. Sí, sí, no se extrañen: el premio consistía en vivir como en el pasado. Y la suerte nos vino en la cafetería donde desayunábamos: dentro de un bocadillo de tortilla. Pensábamos que al principio era una broma del camarero, pero atónitos nos quedamos cuando nos entrevistaron para el telediario de las dos de la tarde, las tres en la Península. Nosotros, acostumbrados a vivir en una gran residencia para jóvenes, no conocíamos otra posibilidad. En el 2050 la vida era así. Estábamos cómodos en aquella inmensa casa donde mil jóvenes convivíamos hasta que cumpliéramos los treinta. Al principio, en el disfrute del premio, no dábamos pie con bola: no había móvil, ni ordenadores, ni tablets. Lo más tecnológico era un viejo teléfono fijo y una televisión con dos canales. Eso sí, los propietarios de la vivienda debían leer mucho pues su biblioteca era enorme. Nosotros, en cambio, nunca habíamos comprado un libro. Siempre en la escalera del edificio había conversaciones improvisadas a todas las horas del día y, a veces, las palabras penetraban por debajo de la puerta. Poco a poco le fuimos cogiendo el tranquillo a aquella semana tan diferente. Y comprendimos el valor de la charla distendida y de la lentitud de la vida. Ahora que hemos de regresar a la gran residencia, comprendemos el eterno silencio e individualismo que nos rodea. Estamos deseando cumplir los treinta para salir de esta horrible prisión.”




























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