Ahora que se acerca el centenario de la muerte de Benito Pérez Galdós, no estaría mal recordar y poner en valor su extensa obra, aunque no haga falta.
Es un autor al que recurrimos con frecuencia: primero, porque nos sirve para avanzar; y, después, porque sus novelas nos trasladan a un tiempo que sigue siendo actual. Sí, es verdad que escribió hace mucho; sin embargo, a poco que se mire con detenimiento algún fragmento, nos podemos tropezar con la sensación de que España apenas ha cambiado. Acaso ocurra igual en los países de nuestro entorno.
Lo que queremos decir, en realidad, es que nunca es tarde para descubrir a Galdós. Él, tranquilamente, nos está esperando en la esquina de alguna estantería o en el rincón de cualquier calle. Y si tenemos la suerte de tropezarnos con su mirada, nos estará invitando a compartir algunos de sus sueños escritos, que fueron muchos y los hay para todos los gustos. O casi.
De cualquier manera, Galdós nunca morirá, porque, recurrentemente, da vueltas y vueltas por la vida. Y la verdad, la vida, en apenas cien años, no da muchas sorpresas. Solo las justas.































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