Tras casi cinco minutos de cruenta batalla, había salido victorioso. El sudor le bañaba la frente y sus brazos lucían numerosas quemaduras, pero había merecido la pena. Con infinita satisfacción observó a su contrincante: chamuscado, vencido y totalmente a su merced.
Sin más dilación, le asestó el golpe definitivo: empapó el pan en la yema de su primer huevo frito y paladeó el sabor del triunfo.





























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