La bruma comenzaba a moverse alrededor del mediodía. Lo más probable es que en el principio de la tarde, el día pasara a ser gris; eso sí, sin mucho frío. Pero en la mañana el azul aún dominaba el conjunto que, junto con el verde, acercaba la visión del Teide, siempre tan presente y tan majestuoso. La bruma, en primer plano, y las nubes saladas, en segunda instancia, indicaban el recorrido de la mirada entre riscos y mar. No hay nada como la Cumbre de las islas para reencontrarnos con la Naturaleza y con nosotros mismos. Allí, con una mirada omnisciente, casi nos sentimos eternos y pequeños. Por eso debemos aparecer por allí de vez en cuando. Más que nada para ponerle coto a la vanidad.




























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