A punto de caramelo
“Mira qué verde está el campo
con lo poco que ha llovido.
Como llueva un pisco más,
muy pronto estará florido”.
A Secundino, que dio gracias al cielo varias veces por la lluvia, siempre le gustó recitar puntos cubanos. Y cantarlos si se terciaba, cuando se tropezaba con una parranda, o con alguien que le inspirara confianza, como el enfermero que había ido a visitarlo.
“Mi madre me jizo un caldo
con siete papas menuas;
el caldo jierve que jierve
y las papas siempre cruas”.
Tras una sonora carcajada, añadió, con picardía, que, a sus casi noventa años, todavía estaba a punto de caramelo, viudo y sin compromiso. Después habló de su esposa. “Son muchos años sin ella”. Se le enturbió la mirada; se emocionó evocando la copla que tantas veces se habían dedicado:
“Tú me dices que me quieres
como yo te quiero a ti.
Nuestro amor es lo primero,
pues sin ti no sé vivir”.
-Siempre veo a mi Rosario cuando recito esto. Bueno, no me quiero poner melancólico, que ahora tengo que hacerme el potaje –dijo Secundino, ya de pie. Luego, contemplando ensimismado el paisaje, añadió que tenía esperanza en que siguiera lloviendo y en poder ver los campos floridos unos años más, si su corazón no lo impedía. Y aprovechando las palabras “esperanza” y “corazón” se despidió con unos versos:
“Corazón sin esperanza
llora su tiempo perdido,
mas corazón afligido
sólo con llorar descansa”.
Foto: Ignacio A. Roque Lugo





























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