“Cada mañana del recién estrenado verano leía en el banco.
Entre las nueve y las diez, en lo que el día se desperezaba, conseguía conectar con la Literatura. Aún el calor no había llegado, como solía tener por costumbre, cuando una voz del interior de la casa requería mi presencia. Tomás y Domingo reclamaban que escuchara sus nuevos versos. En la biblioteca de la Hacienda disfruté las primeras líneas escritas por dos poetas en ciernes. Y no lloré por no avivar el paso del tiempo. Aguanté como pude. Al terminar parecía que andaba en una nube literaria hasta que el aroma del café me devolvió a la realidad verdadera.
Y en la amplia cocina hablamos los tres de la paz del lugar”.



























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