Laberinto
Las casas, apelotonadas en un laberinto inexpugnable, disimulan no solo las calles, nuestro preferido lugar de encuentro, sino la vida misma, enmascarada tras las fachadas blancas.
Son las casas el espacio casi perfecto al que vamos llenando de sensaciones y emociones. Y la ciudad, en la falda de la montaña, sigue proyectando la vida como si fuera ajena a las modas actuales y a los tiempos digitales que nos rodean. Por eso las calles permanecen y vibran de emoción en las fiestas patronales, en las procesiones y en las romerías. Cuando los viejos adoquines vuelven a sentir el calor de sus habitantes, las calles se engalanan y agradecen el bullicio del momento. Incluso si quedan sucias, como suele ocurrir, ni siquiera se molestan porque, al sentirse de nuevo holladas, creen que han recuperado el esplendor perdido.
Pero estábamos hablando de las casas. Y, dentro de ellas, las personas que las habitan. Como esta sociedad de hoy desea cada vez más que el individualismo prevalezca sobre la colectividad, nosotros, modestamente, apostamos por esto último. Porque nos gusta hablar con los vecinos, porque apreciamos la conversación distendida que la ciudad nos brinda a diario.
Así que ese conglomerado de casas que muestra la imagen anuncia que la mirada del otro es impagable. Y única.
Y eso, en los tiempos que corren, es todo un valor.






























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