“La luz del cielo, mi última novela, se había mezclado con las de otros autores que gozaron de mayor publicidad. Así que quedó solapada en el ruido otoñal. La escritura se había convertido en una aventura de resultado incierto. Escribía pero apenas publicaba. Y cuando lo lograba, las circunstancias externas influían demasiado. Por eso el farol de la imagen permanece apagado. Es verdad que aún es de día; sin embargo, en las noches oscuras su luz era tan débil como mis fuerzas, indelebles solamente en el ordenador. Siempre fui un personaje contradictorio y, por momentos, huidizo. Leía lo que los demás escribían. Y algunas cosas, la verdad, no me interesaban; no entraban dentro de mis extraños gustos. Pero reconocía su valor. Así que poco a poco entré en el olvido de los cuarteles de invierno. Y aquí sigo, medio asustado.”



























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