Reiteradas agonías
Allá por los años setenta, en mitad de la década para una mayor concreción, se empeñaron en que el dictador alargase su estancia entre los vivos. Aquellos partes médicos —conformando el paisaje de la época— firmados por el «equipo médico habitual», narraban las peripecias de los últimos días del dictador. Se empeñaron, seguramente habrían sobradas razones, en mantenerlo artificiosamente vivo. Y casi lo logran. Algunas de ellas, se habló de ello por aquellas fechas, pasaban por la nefasta acción que se llevó a cabo con el Sahara. Mantuvieron, merced a la ayuda de la ciencia médica, su agonía para acabar con un asunto pendiente de rematar. Fuese ese el motivo, o no, lo cierto es que estuvo todo el país pendiente de una muerte anunciada. La de quien, por mor de un golpe de estado, mantuvo en una permanente agonía a toda España. Cierto, que a unos más y a otros menos. Los más, quienes nunca estuvieron de acuerdo con los efectos del régimen del 18 de julio del 36, al que con probada ignorancia denominaron «glorioso alzamiento». Oxímoron donde los haya, nunca podrá ser glorificado —salvo por espurios intereses— un alzamiento contra el orden establecido (aún estoy aguardando la condena por parte de quienes se beneficiaron de aquel). Dígase lo que se diga, en aquellas fechas en que se inició la larga agonía, el legalmente constituido no era otro que el gobierno republicano.
Transcurrido un tiempo similar al que duró una de las agonías, la de sufrir una dictadura, se incorporó a la cotidianeidad otra. No, no me refiero a otra dictadura, aunque cabría pensar en ello algunas ocasiones, sino a otra bien diferente. En este caso, la exhumación del dictador, desde donde reposan sus restos con todo lujo, hasta un lugar menos ostentoso. Quizá, o sin ello, el lugar merecido por el daño infligido a quienes le sufrieron durante la larga noche de la dictadura. Otra vez, no sé si tanta influencia tuvieron en la anterior, son sus descendientes quienes dilatan la agonía. Aprovechando los vericuetos de la ley, y contando con los fondos precisos para ello, no han cejado ni un momento en su afán por dilatar en el tiempo el momento de la exhumación. Sobre todo, porque tendrían que mantenerse callados, agradecidos por no haber sido molestados por el oscuro origen de su fortuna. Recordemos, son los nietos de un militar, no más. No solo ellos han interferido en el proceso, también su familia política, sus deudos ideológicos, contribuyeron a alargarlo.
Ahora, cuando ya parece haberse tomado la decisión definitiva, con fecha para la exhumación, surge la controversia y, como no puede ser de otro modo tratándose de lo que se trata, una nueva agonía. Es ahora la del presidente en funciones y candidato a las elecciones del 10 de noviembre. Según su expresión, podríamos estar frente al hecho de mayor trascendencia del periodo democrático. Flaco favor que le hace al sistema con tal postura. Sin dejar de ser importante, seguramente no deja de ser sino un hito más —de los que aún restan bastantes— ligado a la ruptura con el antiguo régimen. Que ya va siendo hora. Y, atendiendo a las acertadas palabras del recientemente fallecido Santos Julia (que la tierra le sea leve), el destino del Valle no ha de ser otro sino el de acabar en ruinas.





























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